miércoles, 2 de noviembre de 2016

La importancia de una sola letra

Leo con tenue sonrisa que, al enviar un mensaje a cierto amigo de infancia al que hacía mucho tiempo que no veía, el corrector ha jugado una mala pasada al delegado en Teruel de la Diputación General de Aragón. Y es que confundió una "f" por una "r", cuando quería expresarle que "las buenas relaciones nunca se olvidan". La oposición aún se sigue burlando.
Admito que tanto en mi vida profesional como literaria, he vivido circunstancias parecidas, en las que una sola letra podía cambiar el contenido y la intención de cualquier frase. Recuerdo que en cierto juicio al que acudí como testigo, por ser el médico que había atendido a la víctima, el juez comentó refiriéndose a mí que "eso ya lo había dicho antes el dicente". Como este último término no me sonaba de nada, entendí Vicente, por lo que apunté: "Disculpe, su señoría, pero me llamo Manuel". "¿A qué viene esa observación?", me replicó en tono agrio. Y cuando comenté que le había entendido que me había llamado Vicente, alzó la voz para aclararme: "He dicho dicente, con "d", del que dice". Aun cuando pueda parecer simpático, doy fe de que no le hizo ninguna gracia.
De entre los diversos equívocos que he vivido como escritor, me quedo con aquella carta que recibió mi editor desde el ayuntamiento de un municipio precioso, que precisamente visitamos este último verano: Morella. En ella me agradecían de corazón el que hubiera escrito un libro "dedicado a los hijos de este pueblo"... Se trataba de mi novela Mi planeta de chocolate. El error estaba en que los protagonistas no eran los niños de Morella, en la provincia de Castellón (España), como entendió su remitente, sino los llamados niños de Morelia, en el estado de Michoacán (México).
Desde entonces, procuro releer cada uno de mis escritos, a sabiendas de que una sola letra puede cambiarlo todo.

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