domingo, 16 de noviembre de 2008

Mi planeta de chocolate

Publicar lo que has escrito es una de las cosas más bonitas que le pueden pasar a un escritor. Hace un año ideé una historia en 200 páginas que presenté a un concurso literario. Cuando se falló en febrero me alegré muchísimo al saber que había sido finalista. Durante el verano iniciamos el proceso de edición. Y mañana lunes, tras mil revisiones a las galeradas, el manuscrito entrará en la imprenta.
Según mi editor, en dos o tres semanas estará en las librerías y antes de la Navidad comenzaremos las presentaciones. Se trata de mi tercera obra, "Mi planeta de chocolate". Os dejo la referencia.
Por cierto, para un escritor todavía hay algo mejor que publicar: conseguir que quien te lea disfrute con lo que escribes.
Estáis todos invitados.

Manuel Cortés Blanco.
Mi planeta de chocolate.
Ediciones Irreverentes. Madrid, 2008.

Miércoles, 26 de mayo de 1937. No hay frase del día.
El buque Mexique, perteneciente a la Compañía Trasatlántica Francesa, se hace a la mar desde el puerto de Burdeos con 455 menores a bordo, rumbo al nuevo continente. Son niños españoles que huyen de los bombardeos, en busca de una paz que les acoja.
De entre ellos, Benito Expósito Expósito. Ese pequeño abandonado a las puertas de un hospicio, que superó combates, la condición de refugiado, el exilio, y mil vicisitudes amparado por una máxima.
Manuel Cortés Blanco vuelve a encandilarnos con una historia entrañable que apunta al corazón: Mi planeta de chocolate, con la que ha sido finalista del II Premio Internacional Vivendia de Relato. En palabras del Jurado, la obra aglutina “extraordinarias descripciones del alma infantil, la intrahistoria del pueblo o de la guerra, muerte y espíritus conturbados por la violencia del mundo. Todo a través de la vivencias de un huérfano, que podría ser cualquiera de nosotros o cualquiera de la generación de nuestros padres, y una forma de ver la vida: ante cualquier dilema, tomar siempre la opción que tenga chocolate”.
Siete relatos convertidos en novela. Un homenaje al cuento sin ser cuento. Una historia dulce dentro de la Historia más amarga.
Desde ese estilo “realista y directo, matizado por un aliento espiritual que le lleva a indagar en las esencias de la vida”, Manuel nos invita en sus renglones a muchos verbos: pensar, sentir, sonreír, reflexionar... A tantos, como cosas podrían citarse de este libro. No obstante, diremos sólo una, la más sincera: léanlo. Seguro que les sabe a chocolate.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Y mi tío Gonzalo

No quisiera cerrar este repaso a los "cuentistas" de mi familia sin nombrar al tío Gonzalo, mi padrino. De su voz aprendí todos, absolutamente todos los cuentos infantiles, se hubieran o no inventado. Saqué billete en los viajes de Gulliver, compartí desayuno con la familia de Pulgarcito, buceé entre corales junto a la Sirenita y aprendí, colorín colorado, que sólo al final de la historia sabremos cómo termina.
Cierta tarde de invierno (recuerdo que era invierno porque hacía mucho frío) pregunté a mi tío por la principal diferencia entre las personas y los animales.
- Eso depende de a quién se lo plantees -contestó frunciendo su entrecejo-. Un cocinero siempre responderá que los animales no hacen ningún guiso. Un pintor, que son incapaces de dibujar sobre el lienzo. Un matemático, que no saben sumar... Pero si le preguntas a un cuentista como yo, te dirá la verdad: nosotros contamos mejor los cuentos.
¡Qué cierto!; porque mi tío los narraba de maravilla.
Por eso, lo confieso: creo y creeré en el cuento. Un género para todos que, como sostiene Jorge Bucay, “duerme a los niños y despierta a los adultos”. Creo en ellos, con o sin moraleja, pero siempre reflexivos. Con amor y con humor. Para leer y releer, para encontrar sin buscar. Para los que leen mucho y quienes leen poco. Para los que leen a cualquier hora o reservan su lectura a la antesala de tantos sueños.
Y cuando mi editor defiende que una novela es más importante que un cuento, ya no le creo. Como afirma Abelardo Castillo, he descubierto que sólo es más larga.

lunes, 27 de octubre de 2008

Mi abuela Concha

Mi abuela Concha era una devota del refranero y el santoral. “Por San Miguel, los higos son miel”, “de San Pablo en adelante no hay niebla que no levante”, “por Santa Margarita, la lluvia más que dar quita”. Conocía cada refrán de cada santo, a quien se encomendaba a diario desde su devoción. A todos menos a uno: San Valentín; aquel mártir romano que según la tradición fue ejecutado un catorce de febrero por no renunciar al cristianismo y seguir casando parejas en secreto cuando el matrimonio había sido prohibido por el emperador.
Aun siendo presentando como icono del amor, San Valentín nunca obtuvo el beneplácito de Concha. Primero, porque su existencia se ha discutido hasta tal punto que su propia festividad fue borrada del calendario eclesiástico al tratarse probablemente de un santo legendario. Segundo, porque su imagen había sido acaparada por los centros comerciales a fin de aumentar las ventas tras la cuesta de enero. Y tercero, muy importante, porque carecía de refranes.
Mi abuela acostumbraba a contarme miles de cosas que yo necesitaría cuando me hiciera mayor. De su mano aprendí a qué saben los besos (“a uvas con queso”), el lenguaje de las flores (rojo significa amor pasional, sin espinas quiere decir sin dudas) y algo de primera importancia: que cada cual administra sus sentimientos como quiere.
En su infancia tenía dos amigas: Carmen y María. La primera conservaba un tarro de cristal del Nescafé lleno de canicas; cada una de un color, recordando al de los ojos de algún familiar cercano. La segunda escondía en una caja metálica del Cola Cao cientos de mechones; cada cual de una tonalidad, simulando a la del cabello de cuantos muchachos le atraían. Y por fin, mi abuela, poseía una caja de bombones de Nestlé en la que guardaba todos los relatos, llenos de amor, humor y mar, que le escribiera ese novio llamado Ildefonso. En sus costumbres respectivas, Carmen, María y Concha convirtieron en reliquia un simple envase. Vidrio, latón y cartón elevados a la categoría de tesoro. Quizá por ello, yo acostumbre a guardar mis afectos entre las páginas de los libros que escribo.

domingo, 26 de octubre de 2008

La reseña de un amigo

Hoy, a la inversa que ayer, cuelgo de este blog la reseña que sobre mi libro "Cartas para un país sin magia" hizo mi amigo Santiago Morata (a quien auguro grandes éxitos literarios) para la Asociación Aragonesa de Escritores. Dice así:

Les voy a ser sincero. Yo, hasta que no leí el primer libro de Manuel, no sabía lo que eran los relatos cortos, salvo algún clásico y por supuesto mi admiradísimo Edgar Allan Poe, pero me limitaba a la novela y a algunos ensayos que leía por obligación. Leí el libro, pensando que iba a ser aburrido, pero me equivoqué, pues me descubrí habiendo acabado el libro y psicoanalizándome, y me encontré totalmente relajado, me di cuenta de que me había olvidado del mundo de una manera que jamás conseguí con una novela.
Así pues, todos sabemos juzgar una novela, pero, ¿en qué parámetros podemos medir la calidad de un relato corto? Pues sin duda el entretenimiento y el aislamiento del stress, y si a eso añadimos que los relatos de Manuel nos conmueven y nos hacen filosofar, que hoy en día es cualidad muy importante en estos tiempos en los que nos dan todo hecho, pues concluyo que nos encontramos ante un autor que va a dar mucho que hablar. Por eso les animo a leer relatos cortos y otros géneros aparte de la novela. Sean valientes y huyan de los formatos masivos y encontrarán pequeñas joyas, como esta y su primer libro, "El amor azul marino", ambos parte de una trilogía.
Buen medico, lo dice su currículum. Buen psicólogo debe serlo para escribir como escribe y de lo que escribe. Buen escritor, espero que lo comprueben por ustedes mismos, y buena persona, porque el hecho de dar los beneficios de sus libros a Aldeas Infantiles, entidad con la que colabora además por otras vías, lo requiere. Por eso, cuando compran este libro, hacen algo más que aumentar su cultura, y en los tiempos que corren es muy, muy loable.
Buen viajero, porque absorbe las vivencias y los escenarios y los interpreta más tarde desde la magia del recuerdo y el sentimiento, enmarcados en cuentos de pequeño formato y dulce digestión, en vez de fotocopiarnos las postales.
Asusta hasta qué punto Manuel se desnuda, y esta manera de abrir su intimidad en tan pocas letras me hace pensar que tiene unas cualidades extraordinarias. Para empezar, para hablar así de uno mismo (y de los demás) se necesita una humildad fuera de serie, y algo poco común: Saber escuchar.
Libro de viajes y sentimientos a partes iguales. Combina la sencillez de un ser sin maldad con la complejidad de los sentimientos que describe. Pienso que resulta difícil describir sentimientos tan profundos con tan pocas palabras y sin caer en tópicos, y Manuel lo logra, lo que requiere un dominio absoluto del lenguaje y una madurez literaria y personal. A mí, que escribo en formatos muy amplios, la literatura de Manuel me resulta casi poética.
Hay un tópico que se suele cumplir: Dice que los escritores estamos locos (será verdad porque a mi me lo dicen todos los días) pero en el caso de Manuel no se cumple, pues su escritura denota una cordura y una sencilla humanidad que nos pone en evidencia a los locos. Le califican como el nuevo Paulo Coelho. No es descabellado.

sábado, 25 de octubre de 2008

La sombra del faraón

Si existiera un “Manual del buen crítico literario” que estableciese las normas a seguir al hacer una reseña es probable que al menos contuviera los puntos siguientes:
1. Leer el libro con dedicación, sea cual sea su género, su temática, su diseño o su grosor.
2. Hacerlo desde la perspectiva de lector, no de crítico. Al fin y al cabo quien acceda a nuestras impresiones será otro lector en potencia.
3. Ser honesto en cada comentario, pues sobre esa virtud reposa nuestra credibilidad.
Es posible que aquel supuesto “Manual” recogiera algún punto más: parecer concretos, amenos y estructurados, no desvelar el final de la trama, admitir posibles críticas a la crítica y, quizás, no enjuiciar nunca la obra de los amigos.
Basándome de manera figurada en ese listado, admito que al preparar la reseña de “La sombra del faraón” (Ediciones B), segunda novela del escritor zaragozano Santiago Morata, fui cumpliendo con esos puntos de manera sistemática. Y así, comencé por la propia nota de su contraportada: “En el convulso período del reinado de Akhenatón, el más particular y carismático de los faraones del antiguo Egipto, el joven Pi es elegido por el príncipe Tutankhamón como su sirviente personal”. En efecto, se trata de una novela histórica enmarcada en un momento crítico de la Historia: el de los Faraones herejes. Aquellos que rompieron con la supremacía del dios guerrero Amón, a favor del bondadoso dios Atón. Todo un reto, tanto para el autor como para sus lectores.
Luego, en apenas dos tirones, leí las más de 400 páginas en las que Morata “nos transporta magistralmente a un tiempo y un lugar sorprendentes”. Su lenguaje cuidado, moderno y sencillo, los diálogos ágiles, una trama original que procura ser respetuosa con la Historia y un joven protagonista que nos atrapa con sus andanzas, hicieron que desde el principio me enganchara a su lectura. Poco a poco fui introduciéndome en la magia del antiguo Egipto para descubrir las propuestas del autor: “el papel desempeñado por Nefertiti, la controvertida muerte de Tutankhamón, la relación entre dioses y faraones”. Y poco a poco también fui constatando como Pi, narrador y personaje principal de la novela, crecía a través de ella repartiendo su protagonismo entre el resto de los personajes: el venerado AkhenAtón, un caprichoso TutankhAmón (“Mi luz”, con el que compartiera tanto), la sin par Nefertiti (siempre presente, tratada con una soltura exquisita), el general Horemheb… e incluso algún otro ficticio que enriquece la obra como el soldado Sur o el patriarca José.
Porque a pesar de la grandeza de estos, Pi se erige en el eje central de la historia. Una figura que desborda empatía, un niño en un momento convulso, una sombra entre luces, un sirviente compartiendo vida con los hijos del faraón, un guerrero sin poder y sin embargo tan poderoso. Es el hilo que teje la trama, la voz en primera persona que engarza a unos y a otros. Desde él, Morata demuestra su madurez literaria consiguiendo hábilmente lo que pretende: narrar su visión de lo ocurrido en aquel complejo período, retratar con maestría a sus actores (centrándose en su lado más humano, incluyendo ritos y estilos de vida), compartir leyendas mitológicas (fruto de su investigación histórica durante la preparación de la novela), ensalzar valores (desde la amistad hasta el amor, reservando a la propia niñez un lugar prioritario), describir con sutileza y naturalidad las escenas de erotismo, revelar esa historia pasional entre Pi y Nefertiti, rubricar la novela con un cierre sorprendente… Y, cómo no, su principal objetivo: entretener de principio a fin.
Como lector he de confesar que “La sombra del faraón” me ha instruido mucho sobre los distintos aspectos de la época que aborda. Me gusta lo que cuenta y cómo lo cuenta. Pero, lo mejor, me ha entretenido muchísimo. Por ello, recomiendo expresamente su lectura.
Volviendo al principio, a aquel supuesto “Manual del buen crítico literario”, creo haber realizado esta reseña cumpliendo todos sus puntos. Quizás no respetara el de abstenerme de hacer crítica a la obra de un amigo, y Santiago Morata lo es. Sin embargo, me da que tengo bula. Porque leyendo “La sombra del faraón” me sumergí tanto en su historia, que acabé incluso olvidando ese pequeño detalle.
Nota: Reseña publicada en la web de la Asociación Aragonesa de Escritores, en fecha 29 de septiembre de 2008.

martes, 16 de septiembre de 2008

Mi abuelo y el mar

Pertenezco a una familia de cuentistas encabezada por mi abuelo Ildefonso. Un malagueño de mundo, marinero, flamenco por los cuatro costados, que renunció a sus coplas, su puerto y al sol de su Andalucía por una mujer tan mujer como mi abuela. Un hombre que nunca dejó de escribir, de cantar, de contar historias. Primero a ella; luego a ella y a sus hijos; después, a ella y a sus nietos.
A menudo le recuerdo sentado en una silla mientras los niños del barrio escuchábamos absortos las aventuras que narraba de su mar.
- ¡Qué suerte tienes! -decía con envidia mi amigo Angelito-. En nuestra casa nadie cuenta estas cosas.
En efecto: ¡qué suerte la mía!
Ildefonso concedía a ese mar tres características: ser azul, inmenso y libre. Nada luce color más bello, nada le iguala en grandeza, nada tan suyo ni tan de todos.
El verano que mis padres alquilaron un apartamento para pasar una semana en la playa, quedé paralizado. Era tanta la ilusión por ver ese escenario que mi abuelo describía, que se detuvieron todos los infinitivos. Y así, no pude reír, ni llorar, ni salir corriendo... y gracias a que existe el gerundio del verbo respirar porque podría haberme ahogado entre emociones.
Por fin, llegó el día: un domingo 17 de agosto de 1975. ¡Hay fechas que se quedan a vivir en la memoria! Al contemplar desde la ventanilla del SEAT-600 tal explosión de azules, sentí que mi yayo había dicho la verdad. Porque, ciertamente, desde aquella perspectiva el mar transmitía esas cualidades que nos contara con tanto cariño.
En cuanto bajamos a la playa, los tres hermanos corrimos a bañarnos. Gané yo, que por algo seré siempre el mayor. Y allí, por vez primera, estuve frente a sus olas.
Lo toqué, y sentí frío. ¡Qué pena! Algo tan bonito debería estar caliente.
Lo probé, y sabía salado. ¡Qué rabia! Algo tan hermoso merecería ser dulce.
Sin embargo, lo peor aún faltaba por llegar. Formando una especie de cuenco con las palmas de mis manos, intenté llevármelo conmigo. Y descubrí que el agua se escurría entre los dedos. ¡Qué desilusión! Algo tan bello merecería ser mío.
Amparado en mi niñez, rompí a llorar. Desde su balcón volvieron a entumecerse todos los verbos. El océano no es maravilloso, está lleno de defectos: frío, salado y ni siquiera se puede coger.
Ahogado por las lágrimas, justo cuando mamá extendía su toalla, recordé a mi abuelo y sonreí. Lo hice de corazón, de convicción. Porque en su recuerdo acababa de descubrir que el mar no era como yo quería: caliente, dulce y para mí. Sino, efectivamente, como él me había contado: azul, inmenso y, sobre todo, libre.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Uso problemático de Internet

Con el desarrollo de Internet y el crecimiento exponencial de su número de usuarios se vienen describiendo distintos trastornos psicológicos relacionados con un mal uso del mismo. Así, se ha llegado a estimar que de los más de 100 millones de internautas que hay en el mundo, un 10% podrían presentar algún tipo de conducta adictiva ante la red; y que unos 60.000 cumplirían en España los criterios establecidos al respecto.
Aun cuando estos datos puedan parecer exagerados, es evidente que tales trastornos resultan emergentes. Cada vez son más los profesionales sociosanitarios especializados en su abordaje; hay ya personas famosas que han reconocido padecerlos (como la tenista Serena Williams), grupos de autoayuda organizados (Internetadictos Anónimos), titulares de prensa al respecto (como los del diario italiano La República, recogiendo la noticia de que un joven que pasó tres días navegando por Internet fue hospitalizado por “confusión mental, alucinaciones y delirios”) e incluso sentencias judiciales retirando a unos padres la custodia de sus hijos por desatención, pues “no se despegaban del ordenador ni para comer”.
Según los expertos, una de las principales medidas preventivas ante este uso problemático de Internet es su empleo racional y el control de su exposición. Esto es, que el tiempo de conexión no exceda de las dos horas diarias, sin interferir con el sueño, con otras necesidades básicas, ni con las obligaciones que como persona el internauta pudiera tener.
En ello estamos...