Ayer tuve el gusto de impartir una conferencia titulada Niños del mundo: una visión personal en la Biblioteca Municipal José Hierro de Talavera de la Reina, dentro del ciclo "Periodismo por la libertad de expresión" que se viene celebrando en esta ciudad toledana. Allí presenté mi experiencia como médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública que ha trabajado en distintas misiones internacionales, de entre las que destacan Benin (país africano encuadrado entre los más pobres del mundo), los Balcanes (durante la guerra de la Antigua Yugoslavia), Perú (con motivo del terremoto sufrido en el área de Pisco) y Afganistán.Algunos de los datos que presentamos resultan sonrojantes. Así se estima que en el mundo hay actualmente unos 300.000 niños soldados, que en la década 1990-2000 fallecieron unos dos millones de menores en conflictos bélicos o que sigue habiendo lugares en los que uno de cada cuatro pequeños apenas alcanza los cinco años de edad.
En situaciones extremas (como los desastres naturales o la guerra) los más débiles son susceptibles a los mayores abusos, y entre ellos siempre se encuentran los niños.
Ante la crudeza de tales datos no podemos resignarnos. Desde esta perspectiva, fue una jornada para la reflexión.


Desde lo alto del borrico, Cipriano divisó las hileras de palos, las cargas de leña, a la vera, las escalerillas, las argollas para amarrar a los reos, las nerviosas idas y venidas de guardas y verdugos al pie. La multitud apiñada prorrumpió en gran vocerío al ver llegar los primeros borriquillos. Y al oír sus gritos, los que entretenían la espera a alguna distancia echaron a correr desalados hacia los postes más próximos. Uno a uno, los asnillos con los reos se iban dispersando, buscando su sitio. Cipriano divisó inopinadamente a su lado el de Pedro Cazalla, que cabalgaba amordazado, descompuesto por unas bascas tan aparatosas que los alguaciles se apresuraron a bajarle del pollino para darle agua de un botijo. Había que recuperarlo. Por respeto a los espectadores había que evitar quemar a un muerto. Luego, alzó la cabeza y volvió la vista enloquecida hacia el quemadero. Los palos se levantaban cada veinte varas, los más próximos al barrio de Curtidores para los reconciliados, y, los del otro extremo, para ellos, para los quemados vivos, por un orden previamente establecido: Carlos de Seso, Juan Sánchez, Cipriano Salcedo, fray Domingo de Rojas y Antonio Herrezuelo.
