sábado, 21 de marzo de 2020

Benin 1990 (Poliomielitis) versus España 2020 (Coronavirus)

Sucedió a principios de los noventa en cierta aldea del norte de Benin. El plan de aquella jornada era vacunar a los miembros de alguna tribu contra la maldita Poliomielitis, atravesando otra senda peligrosa. Allí no había festivos. Desde esa inconsciencia que te dan los veinte años, me ofrecí voluntario. Me preocupaban en especial los más pequeños. De manera que al alba partimos tres personas en aquel land-rover dispuestos a cumplir con la misión.
A mitad de camino nos detuvo la guerrilla. Tomaron nuestra comida, una cadena con mi Pilarica y parte del equipo, pero pudimos seguir. Tuve miedo, aunque no se me notó. Y una vez en la aldea, administramos cada vacuna según lo programado. Cuando regresamos al campamento base, ya sin más incidentes, nos recibieron entre aplausos y sonidos del tamtán. No lo hicimos por eso, pero me pintaron una sonrisa. Al contárselo por teléfono a mis padres, dijeron que ellos también habían aplaudido en la distancia: "¿No nos oíste?".
Aquel mismo atardecer decidí hacerme médico preventivista, para a través de la epidemiología poder seguir ayudando a distintas poblaciones.
Ahora, treinta años después, contemplo mi plan para mañana en este combate diario contra el dichoso Coronavirus. Aquí tampoco hay festivos. Desde esa sensatez que te dan los cincuenta, me ofrezco voluntario. Todos mis compañeros se han ofrecido. Nos preocupan especialmente los más mayores. De modo que a primera hora estaremos en nuestros puestos registrando cada caso declarado -a fin de establecer la correspondiente curva epidémica-, diseñando los estudios de contactos, indicando estrategias preventivas o resolviendo cuantas dudas pudieran surgir. Al menos esta vez no habrá guerrilla que me quite la imagen de mi Pilarica. Digo que no tengo miedo, si bien lo importante es que nunca se note. Y al volver por la tarde a esa tienda de campaña que constituye mi hogar, escucharé en los balcones el aplauso y algún que otro acorde de guitarra que nos dedican nuestros vecinos -extensivos, por supuesto, a otros muchos profesionales que siguen estando ahí-. Nadie lo hace por eso, pero reconfortan. Y entre ellos, los de mis propios hijos que dibujando sonrisas volverán a preguntarme: "Papá, ¿nos oíste?".

viernes, 20 de marzo de 2020

Internet en tiempos del Coronavirus

Más de doscientos mensajes por wasap, tras una mañana alejado del teléfono móvil. Ayer, coincidiendo con la celebración del Día del Padre, fueron casi el doble. A este ritmo, vamos a batir el récord de la noche de Navidad... Y lo que más me preocupa, que entre tanta información no discriminemos lo realmente interesante.
Porque resulta evidente que esta cuarentena provocada por el Coronavirus ha disparado el consumo de las redes -con incrementos del tráfico, según las operadoras, cercanos al 50%-, al haberse convertido en nuestro puente de unión con ese mundo exterior, en el que viven tantas personas que nos importan.
Paralelamente, he constatado que mi ordenador personal -con casi un lustro de antigüedad- y la tablet -con apenas año y medio- se han quedado obsoletos. Para la parte de mi trabajo que puedo realizar en casa debo instalarme una serie de aplicaciones que le resultan incompatibles. Otro tanto ocurre al descargar alguno de los archivos en los que nos llegan las tareas del colegio, el conservatorio o la academia de inglés. Sin duda, ese ordenador es uno de los elementos más cotizados de nuestro hogar... Y aunque sirviera para imaginar mis cuentos, apenas parece útil ante tales menesteres.
En cualquier caso, agradezco la posibilidad de realizar este teletrabajo que se me asigna -lo que permite por otra parte que estén en hora los datos epidemiológicos que luego manejamos-, así como cada uno de tantos mensajes recibidos. Ellos me recuerdan que alguien se acuerda de mí... Y en estos tiempos en los que un virus ha puesto en jaque nuestra convivencia, eso por sí solo ya resulta importante.

jueves, 19 de marzo de 2020

Descansando en tiempos del Coronavirus

Tras demasiados días de trabajo ininterrumpido, ayer tuve descanso. Sé que el Coronavirus no da tregua, pero para seguirle combatiendo era necesario que parase. Estuve en casa con mis hijos, aunque pegado al teléfono móvil. De hecho, a primera hora recibí una llamada del servicio médico de otra residencia de ancianos, a propósito de ciertas actuaciones preventivas. Allí la preocupación es mucha, y más con las noticias de los últimos días. Su esfuerzo por controlar la situación me parece de lo más encomiable.
Después del estudio previsto, y dado que era el día dedicado al Deporte, en los pasillos practicamos conjuntamente una tabla de gimnasia. La Sirenita dio varias vueltas con sus patines en la terraza; el Principito me retó a otra partida al ajedrez, que en cuanto esto se resuelva jugará en la última jornada por el campeonato escolar de su categoría. Quedamos tablas.
Mientras, en el balcón de al lado, otros vecinos hacían también su ejercicio particular. Eran dos jubilados que le daban vueltas, para mantener a raya esa tensión arterial.
Después de atender alguna que otra llamada, a las ocho de la tarde salimos a aplaudir por la ventana a todas aquellas personas que siguen estando ahí fuera para que nosotros podamos estar aquí dentro. Y a la hora de acostarnos llegó la noticia triste, al saber que el Coronavirus se había llevado por delante a un conocido nuestro. Le vimos en Navidad y, como buen lector que era, aquel encuentro fue en cierta biblioteca. Comentamos sobre mi última obra; no sé si la leería. Conociéndole, estará ya en ese paraíso particular rodeado de letras y de libros.
Quizá por todo ello, ayer no hubo cuento en el preludio de nuestros sueños. Ni siquiera hubo entrada en este blog. Y es que hay ocasiones en los que ellos también necesitan tomarse algún tiempo de respiro.

martes, 17 de marzo de 2020

Ser niño en tiempos del Coronavirus

Esta mañana estuve asesorando al personal sanitario de cierta residencia para mayores a propósito del estudio de contactos relacionado con un posible caso de Coronavirus. Allí conocí causal o casualmente a Jaime, ese interno casi centenario que, después de alguna pregunta sobre la epidemia, me aconsejó que nunca descuidáramos a los niños. ¡Sí, a nuestros más pequeños!; a esos que están encerrados entre cuatro muros, mientras columpios y extraescolares se toman algún respiro.
Jaime compartió conmigo que en aquella infancia le tocó más de una vez quedarse en su habitación, aunque por otros motivos. Y que en su opinión, los chavales necesitan jugar, correr, saltar, cantar... y otra larga lista de infinitivos que difícilmente conjugamos en casa.
Al regresar del trabajo, mi Sirenita me ha preguntado que cuándo podremos salir... Nuestro Principito, más incisivo, se ha cuestionado por qué las mascotas sí y nosotros no. Ciertamente, cuando no bajan al parque se suben a las paredes.
A fin de hacerles más amena esta cuarentena, siendo conscientes de que no son vacaciones pero siguiendo el modelo de cualquier campamento de verano, cada jornada la dedicamos a un tema. Ayer fue el día de los disfraces... Hoy, el de la Magia. Hacemos los deberes que telemáticamente nos envían sus maestros, conversan por vídeoconferencia con alguno de sus amigos, vimos retazos de Frozen a través del ordenador... Y en los ratos libres buscamos huevos de chocolate estratégicamente escondidos, a sabiendas de que quien lo encuentre se lo come.
Entre lecciones aprendidas y juegos de manos, me acuerdo de aquellos verbos nacidos de la voz de la experiencia: jugar, correr, saltar, cantar... Ninguno de ellos extraordinario. Quizá la perspectiva de estos días nos ayude a mayores y pequeños a valorar mucho más nuestra bendita cotidianidad.

lunes, 16 de marzo de 2020

Solidaridad en tiempos del Coronavirus

Esta tarde he salido de mi casa por motivos de trabajo. Las calles están vacías. En los apenas diez minutos de recorrido, me crucé con un punto de control de la UME, con esa vecina paseando a su perro, con cierta patrulla policial que me echó el alto. Les expliqué quién era y adónde iba; me dejaron seguir, aunque habría sido paradójico que en el ejercicio de sus funciones hubiesen multado al epidemiólogo de guardia de su provincia.
En cualquier caso, les doy las gracias a todos. Incluido a cada ciudadano que ha pasado este domingo en su hogar. Como lo hago con Olga, por fabricar mascarillas a destajo para aquellos lugares en los que más se necesitan... Con Eva, por su iniciativa de ayudar a los más vulnerables haciéndoles la compra... Con Lorena, por ofrecer de manera gratuita sus servicios de atención psicológica para quien los pueda precisar... Con mi grupo de cuentistas, por difundir tantos relatos a través de las redes... Con tantísimas personas anónimas que dan lo mejor de sí, sencillamente, porque ahora toca darlo.
En estos tiempos de crisis en los que un virus nos ha parado ante nuestras prisas, establece las distancias y redefine el valor del tiempo, esa Solidaridad se convierte en antídoto contra muchos males. Quizá por ello, en el cuento a mis hijos de esta noche, aquella hada buena que pretende quitarle su corona deambulaba por un bosque vacío sin sentirse sola... Y es que sabe que detrás de cada árbol hay miles de duendecillos como nosotros que le apoyan incondicionalmente, entregándole siempre lo mejor de sí mismos.

domingo, 15 de marzo de 2020

Responsabilidad en tiempos del Coronavirus

Si ayer le prometía a mi Sirenita que de esta situación saldremos, hoy compartía con nuestro Principito que ello depende mucho de lo que hagamos entre todos. A su nivel, le explicaba que Italia y Corea del Sur comenzaron por igual esta epidemia; sin embargo, mientras que en el país transalpino se dispara el número de casos, en el asiático -donde se tomaron muy en serio las medidas de prevención- se ha estabilizado.
Y es que sean a nivel individual o colectivo -como sucede con esta del Coronavirus-, si las crisis se definen por algo es porque en ellas sacamos lo mejor y lo peor que hay en nosotros. De entre sus aspectos negativos destacaría sin duda esos miedos que nos paralizan y tanta irresponsabilidad. Así, me suena a imprudente que alguien sometido a vigilancia activa acabara yéndose de vacaciones porque ya las tenía pagadas... Me parece insensato que a un caso en investigación al que se le indica aislamiento domiciliario no se le pueda tomar una muestra porque ha bajado al bar a ver un partido... Y me resulta preocupante que a pesar de todas las advertencias siga habiendo gente que llene parques y demás espacios recreativos, que celebre un botellón entre amigos o que simplemente quede para intercambiar cromos en la Plaza Mayor de su ciudad.
Aun cuando quiero pensar que no son mayoritarias, detrás de esas conductas hay una catarata de egoísmo, de imprudencia, de insolidaridad.
Porque al final, la solución no radica en cambiar ningún cromo... Sino más bien, como aprendieron a tiempo los surcoreanos, de cambiar cuanto antes de mentalidad.

Gratitud en tiempos del Coronavirus

De mi despacho en la Sección de Epidemiología al sofá de nuestro salón... O viceversa. Así transcurre otra semana más como epidemiólogo de Área, cubriendo mi puesto ante esta epidemia por Coronavirus. Y es tal la simbiosis entre ambos sitios, que ayer por la tarde, al recibir una llamada particular, respondí como si estuviera contestando a ese teléfono de guardia.
A las diez de esta noche me encontraba en casa donde -siguiendo las indicaciones oportunas- ha permanecido todo el día el resto de mi familia. A través de la ventana del dormitorio he escuchado una salva de aplausos que, según me ha aclarado Manuel pequeño, iban dedicados a nosotros los sanitarios -y demás profesionales implicados en esta crisis- que en estos días combatimos contra tal situación.
Aun cuando estemos cumpliendo con nuestro trabajo, ha sido un detalle entrañable. A fin de cuentas, las personas seguimos siendo animales... Y de vez en cuando, también agradecemos que nos acaricien.
Nuestra Princesita se ha sumado a esos aplausos antes de preguntarme que cuándo íbamos a quitarle su corona al dichoso virus. Le he prometido que pronto. Eso sí: solo lo conseguiremos con la ayuda de todos.