martes, 1 de septiembre de 2020

Aquel brote en Malanville

Quizá fuese el primer disgusto que dí a mis padres. Ir a un país cuyo nombre jamás habían oído -Benin- para desarrollar mi labor de médico durante al menos dos meses. Recién terminada la carrera, viajar a África no les parecía la mejor opción, pese a que también la barajasen otros compañeros de Universidad. Casual o causalmente, uno de ellos respondía al nombre de Fernando Simón.
Aquella primera noche en Malanville apenas pude dormir. Ni la segunda; ni casi la tercera. En su hospital de campaña carecían de todo. Tras una sucesión de golpes de estado, cierto brote de Cólera campaba a sus anchas por aquella aldea. Varios cadáveres se apilan junto al río.
Al cuarto día, junto a algún traductor, explicábamos a las madres las normas de higiene básica para combatir contra ese microorganismo. Al quinto, iniciamos la campaña de vacunación. Al sexto, su chamán -sensiblemente agradecido- nos invitó a tocar el tantán.
Así, día día, hasta alcanzar un trimestre, en el que logramos controlar el brote y dejar en cero su mortalidad.
Aquella última jornada, nos despidió toda la aldea entre bailes. Ni siquiera quería irme. ¡No sé si el mejor futbolista del mundo disfrutará en su club de un adiós tan sentido! Si bien lo más importante es que unos y otros aprendimos la lección que en esos momentos la Vida quiso enseñarnos. Ellos, que aun respetando sus tradiciones, podían confiar en nuestra Ciencia. Nosotros, que la solidaridad simula a un bumerán: aquello que tú das, siempre te lo acaba devolviendo.

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