jueves, 22 de septiembre de 2022

Cuentacuentos en el Hospital de Santa Isabel

Será mi cuentacuentos 126º, en una travesía que inicié casi por casualidad... Será en la mañana de este próximo martes 27 de septiembre en el Hospital de Santa Isabel, de León... Será para todo el personal del mismo que pueda -y, por supuesto, quiera- asistir... Será un reencuentro con mi propia normalidad, pues la primera vez que lo programamos hubo de suspenderse al coincidir en su fecha con la declaración del estado de alarma a consecuencia de la pandemia... Será otra oportunidad para conocer la historia del animal más rápido de la Tierra, del príncipe de los ladrones, de ese amor azul marino con el que me iniciara en la magia del relato... Será otra vuelta al mundo a través del cuento con un solo billete: nuestra imaginación... En definitiva, será una muestra más del poder sanador de la palabra, desde la convicción de que compartirla nos hace sencillamente humanos.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

¡Correremos por la Vida!

Este domingo 25 de septiembre volveremos a participar en una nueva edición -y ya van nueve- de la Carrera Solidaria ALCLES -Asociación Leonesa con las Enfermedades de la Sangre-, que bajo el lema ¡Corre por la Vida! discurrirá por las calles de nuestra ciudad. 
He de reconocer que mi concurso en ella ha resultado de lo más variopinto: desde médico responsable de velar por la salud de sus atletas hasta mero competidor, pasando por acompañante de mi hijo Manuel cuando decidió completar el circuito establecido para su categoría. Sin embargo, este año acudiré desde otra condición: la de andarín. Y así será al menos hasta que pase más tiempo de esa lesión de columna -por fortuna, prácticamente superada- que me hiciese precisamente en aquella carrera contra el Cáncer.
Y es que sabemos de primera mano de la gran labor de ALCLES -asociación sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública- en la atención integral al paciente hematológico y sus allegados... con el añadido de que su Junta Directiva cuenta con el asesoramiento de un gran compañero y mejor persona: el doctor Fernando Escalante.
Así que este próximo domingo, como siempre en familia -al menos en eso hemos sido coherentes- ¡correremos por la Vida!

Presunto delicuente

Sin que discuta la necesidad de los impuestos, confieso que nuestra relación con la Agencia Tributaria no pasa por su mejor momento. En abril me notificaron la apertura de cierto expediente informativo por haber vendido un piso en el año 2018 a un precio inferior al de su valor de referencia catastral. Sinceramente, ni estaba en disposición de perder ni tuve ninguna oferta que se acercara al mismo. Ni una sola. Además, la propia inmobiliaria nos aseguró que este último -más que sobrevalorado- estaba muy lejos del precio real de mercado.
Sea como fuere, lo vendí... Y eso me permitió dar la entrada para la vivienda donde actualmente resido.
Al acudir a la sede de la Agencia para gestionar mi defensa, el funcionario de turno replicó debidamente cada uno de nuestros argumentos. Si yo defendía que un inmueble vale lo que te pagan por él, aquel señor insistía en que vale lo que estiman sus técnicos, que por algo son los que saben... Si yo aseguraba que entonces necesitaba vender para comprar, y que nadie ofreció más, él me recriminaba con eso de que si hubiera esperado, quizá lo habría conseguido... Si yo le apuntaba que en esa operación no existe ni trampa ni cartón, habiendo pagado todos sus impuestos derivados, él nos comentaba que resulta habitual que la gente escriturase a bajo precio para eludir sus obligaciones tributarias... Y cuando yo prometí que no había recibido ningún dinero en B por parte del comprador, él insinuó que me creía, si bien Hacienda me creería aún más si en mis movimientos bancarios de aquel periodo no se constataba ninguna transacción sospechosa.
De manera que salí de allí con la sensación de ser un presunto delincuente, necesitado de demostrar mi inocencia... Y empeñado en ello, la demostré. Así, presenté en plazo la documentación requerida -incluyendo ese extracto bancario-, junto a tres folios de alegaciones: uno atendiendo a aspectos formales -dirigido por mi gestor-, más otros dos sobre cuestiones personales, aludiendo incluso a mi libertad de operar al valor que yo considere, aunque solo sea por la mera ilusión de bajar el precio medio del metro cuadrado en mi ciudad.
A finales de agosto recibí una segunda notificación, indicándome que tras todos los papeles entregados se cerraba mi expediente, no habiendo lugar a ninguna regulación tributaria. Como apuntara entre sonrisas nuestro gestor, prefirieron no arriesgarse a que presentara otro recurso. Ciertamente, se hizo justicia.
Tan solo unos días después leo que, atendiendo a una ley recientemente aprobada, desde el pasado 1 de enero el gravamen a pagar tanto si se compra-vende como si se hereda-dona se calculará en función de aquel valor de referencia catastral. Y eso a pesar de que las agencias inmobiliarias insisten en que está sobrevalorado en al menos el 20% de las casas. Será que al final, tristemente, aquel funcionario que me atendiera lleva razón: en estos tiempos que corren, las cosas ni siquiera valen lo que pensamos... ¡valen lo que nos dicen que valen!   

lunes, 19 de septiembre de 2022

Aprendiendo del Deporte

Mi hijo Manuel es un apasionado del Deporte. Aun cuando entre otros ha tanteado la Natación, el Tenis o el Ajedrez, al final se ha decantado por el Balonmano, estando impaciente por empezar la próxima liga con su equipo Abanca ADEMAR, en categoría Infantil.
Aprovechando esa afición, yo procuro transmitirle valores a través de vivencias reales de otros deportistas. Y así, después del cuento de cada noche, hemos aprendido de la amistad de Jesse Owens y Lutz Long durante los Juegos Olímpicos de Berlín, a pesar de sus diferencias... Del coraje de Katherine Switzer, la primera mujer en completar una maratón, en 1967, rompiendo la prohibición del momento... De la generosidad del triatleta Diego Mentrida, quien en una prueba del Mundial se dejó adelantar por otro competidor que se había equivocado al tomar la recta final, sacrificando en tal gesto una medalla... De la humanidad de la saltadora Ruth Beitia al consolar a otra participante que lloraba desesperada después de caer eliminada... Del espíritu de sacrificio del tenista Rafa Nadal, quien pocas veces se arruga ante las adversidades... E incluso de alguno mucho más cercano, como el nadador leonés Pablo Rodríguez -con el cual mi hijo acostumbra a coincidir en la piscina-, para que no deje nunca de creer en sus sueños. 
En cierta ocasión, y con la perspectiva de que no debemos hacer trampas, comentamos incluso los casos de aquella atleta que recorrió en metro gran parte de la Maratón de Bostón o de aquel combinado que acudió a unos Juegos Paralímpicos con mayoría de jugadores sin discapacidad. A pesar de ganar al principio, ambos fueron descubiertos y sancionados por su falta de juego limpio.
Desde este domingo, tenemos otra lección que compartir: la importancia del equipo, gracias a la selección española de Baloncesto. Aun estando en plena transición, con cambios importantes de su plantilla, sin grandes estrellas a priori, contra todo pronóstico -atendiendo a las casas de apuestas, ni siquiera contaba entre los ocho favoritos-, enfrentándose a otros quintetos con potencial aparentemente superior -incluyendo la anfitriona Alemania- y ante algunas críticas caseras -un afamado periodista llegó a afirmar que probablemente era el peor con el que afrontábamos un campeonato-, ha conseguido proclamarse con pleno merecimiento Campeona de Europa por cuarta vez en su Historia.
Desde Alberto Díaz -el último incorporado tras lesionarse un compañero- a Willy Hernangómez -el mejor del torneo-, todos los jugadores han hecho piña junto a su staff técnico -capitaneado por un genio llamado Scariolo-, ofreciendo en su conjunto lo mejor de sí mismos... Y en tal esfuerzo, lo mejor para el equipo.
Mil gracias por vuestra gesta, por esta alegría colectiva -ciertamente corren tiempos en los que cualquiera de ellas resulta bienvenida- y por convertiros en ejemplo para futuros deportistas como Manuel quien, en noches como hoy, soñará con parecerse a vosotros mañana.

De abalorios, libros y pulseras de colores

Coincidiendo con las fiestas de nuestro pueblo y al igual que hiciera en agosto en la piscina, mi hija puso una mesa a la entrada de casa en la que vendía adornos que diseña con gomas y otros abalorios a unos céntimos de euro la unidad. Al vivir alejados del centro urbano, apenas pasó nadie por allí, por lo que esa intención de invitar a sus amigas con lo que sacara a las atracciones que acompañan cada festejo, quedaba lejos de hacerse realidad. Casual o causalmente, a última hora de la tarde se acercó un cliente que -sin que Hacienda se entere, pues sería capaz de exigirnos por ello una declaración complementaria- adquirió cierta cantidad de género, suficiente como para que tal deseo se pudiera cumplir: su papá. Así que -tras un desfile con disfraces, charanga y chocolate- ellas pudieron subirse a los hinchables montados para la ocasión, mientras que yo me veía pasando consulta toda la semana con pulseras de colores.
Esta anécdota de ayer me recuerda a otra de hace unos años, ocurrida a muchos kilómetros de aquí, con un colega tocayo. Y es que sucedió que en cierta presentación de alguno de mis libros había menos asistentes de lo previsto. El librero responsable del local donde se hacía, lejos de reconocer que quizá no había dado al acto la debida difusión, amenazó con suspenderlo. 
- ¡Habiendo tan poca gente, no voy a vender ni un solo ejemplar! -repetiría enfadado.
Fue entonces cuando, casual o causalmente, apareció otro cliente que sacando su tarjeta con elegancia y sin mediar palabra le compró los veinte que tenía: mi amigo Manolo... De manera que el evento se acabó realizando con público que se fue incorporando y sin mayor novedad.
De regreso a nuestra ciudad, mi hija -después de constatar que lucía debidamente sus piezas creadas- preguntaba desde su inocencia si hay algo más difícil de vender que un colgante de colores... A lo que yo le respondí que muchas cosas; entre ellas, tristemente, un libro. 

viernes, 16 de septiembre de 2022

Nuestro yo menos Youtuber

En ese viaje que hicimos en agosto a aquella capital de fantasía, descubrí a mi hija grabando pequeños vídeos y explicando los pormenores de cada lugar. Ciertamente me sorprendió. Primero, porque en casa procuramos limitar el uso de la tecnología y desconocía que tuviera tal habilidad. Segundo, porque lo relata sencillamente genial... Y aunque confundiese el Arco del Triunfo de allí con el Arco de la Cárcel de aquí, he de reconocer que -si bien solo durante vacaciones- parecía una auténtica youtuber.
Algo similar me ha pasado a mí en estos últimos días, tras constatar que mi entrada titulada 125 cuentacuentos después ha recibido casi 5.000 visitas. Es cierto que le dimos difusión entre todos nuestros amigos, pero también lo es que nunca esperamos que multiplicara por diez la media de este blog.
De vuelta a clase, ambos aparcamos nuestros sueños de youtuber para volver a la cotidianidad. Amalia a sus clases, a sus juegos, a muchos amigos... Yo a la Medicina Preventiva y mi Literatura. A esos palíndromos, a aquellos cuentos, a decálogos como este, extraído de mi novela Siete paraguas al Sol (Ediciones Irreverentes), sobre los que seguiremos cimentando nuestras bases, a ser posible lejos de tales redes.
1. No hay cambio bueno con prisas.
2. Aceptar el miedo te hace más fuerte.
3. Solo podrán vencerte si te das por vencido.
4. La salud es como las fortunas; la única manera de conservarla es no malgastarla.
5. Cuando vienen mal dadas, sacamos lo mejor que hay en nosotros.
6. No existe peor obligación que la que uno mismo se impone.
7. Cuanto repetimos con frecuencia, lo acabamos vaciando de sentido.
8. Nunca combatas demasiado tiempo con un mismo rival.
9. No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.
10. El amor es un misterio que se nos va revelando a lo largo de la vida.
Y ese epílogo que define a la perfección nuestra estancia en esa ciudad: ¡que ante tanta realidad virtual, no nos olvidemos de vivir!

jueves, 15 de septiembre de 2022

Enemigos íntimos

Desde que ejerzo en el servicio de Medicina Preventiva del Hospital, acostumbro a ir hasta allí en autobús. De manera que, cada mañana, suelo subir al que sale de al ladito de nuestra casa a las 07:40 horas. Esos quince minutos de trayecto me permiten estar puntual a las puertas de mi despacho.
Sin embargo, durante cierto tiempo hubo cierto problema: una conductora salía siempre con algún minuto de adelanto, haciendo con ello que -aun llegando como usuarios antes de la hora prevista- perdiéramos el bus.
Tras dos incidencias de este tipo, un día le indiqué que en mi opinión debería respetar los tiempos establecidos, pues de ello dependíamos terceras personas. Creo que lo dije educadamente y desde la crítica constructiva. Mas ella respondió enojada que lo hacía para evitar los atascos a las puertas de un colegio y que, si no me parecía bien, se solucionaba poniendo antes el despertador. Sinceramente, yo estuve mejor que ella. Y eso entendiendo que a todos nos molesta -incluyéndome a mí, por supuesto- que nos desvelen algo que no hacemos bien.
En cualquiera de los casos, mantuvo su actitud... Aun cuando yo procuraba llegar con antelación a la salida, hubo otro par de ocasiones que estando allí a las 07:38 me tocó esperar al siguiente. Por eso, volví a hablar con aquella conductora -en esta ocasión más serio-, no habiendo réplica por su parte. Sinceramente, ella estuvo mejor que yo.
De hecho, la situación parecía normalizarse y empezó a salir puntual a la hora marcada en el programa. Entre tanto, y aunque nunca contestara ni apenas me mirase, yo le seguía dando los buenos días al entrar y las gracias tras picar mi billete. 
Todo eso hasta hoy... cuando debido a una circunstancia familiar, llegué a la parada muy justo de hora. Tanto que, al ver que me acercaba a su vehículo, arrancó airadamente dejándome en tierra. Eran las 07:41. Atendiendo a mis propios criterios, llevaba razón, por lo que tampoco reproché nada, esperé pacientemente al siguiente y me disculpé después en el trabajo por llegar con un pelín de retraso.  
Quizás hoy se haya consumado su venganza o nuestro karma... Sea como fuere, por mi parte no existe mayor problema. De ahí que, a eso de las 07:40 horas, seguiré dándole los buenos días y las gracias, sin pretender desde luego ser su amigo. Eso sí: tampoco ese enemigo íntimo del punto de la mañana, siendo además como es la primera persona con quien interactúo cada jornada.