viernes, 1 de julio de 2022

Mi partido del año

No fue en una pista central ni en ningún torneo de prestigio. Ni siquiera había público en las gradas, ni siquiera repartieron puntos ATP. Pero para mí, este de hoy ha sido el partido del año. Primero, porque al otro lado de la red restaba mi hijo, y eso siempre merece un plus especial... Segundo, porque ambos hemos practicado deporte durante casi una hora, con todos los beneficios que ello conlleva... Tercero, porque hace más de seis meses que no empuño una raqueta -desde antes de aquella lesión cervical- y estaba expectante por ver cómo me encontraba... Cuarto, porque Manuel lo ha pasado genial jugando al tenis con su padre -aunque por precaución fuera solo a un set-, y eso siempre resulta bueno para los dos... Quinto y último, porque con independencia del resultado final -me ha vencido por un engañoso 7-5, pues llegué a tener dos bolas ganadoras-, mi espalda ha respondido correctamente y no he sentido molestia alguna ni antes, durante o después de pelotear.
Y es que esa vuelta a nuestra normalidad está yendo tan conforme a lo previsto, que cualquier día de estos me veo pidiéndole la revancha.   

jueves, 30 de junio de 2022

En la Gala fin de curso Rumballet

El programa de las Fiestas de León incluía este pasado martes, a las siete de la tarde en la mismísima plaza de la Catedral, la Gala fin de curso de la Escuela de Baile Rumballet. En su espectáculo inicial de danza, nuestra pequeña Amalia hizo de hada bailarina, derrochando a partes iguales sonrisas y elasticidad.
Como al resto de sus compañeras -capitaneadas por su profesora Sandra, a quien estamos muy agradecidos por cuanto ha hecho por ellas-, la sentimos centrada, coordinando sus gestos, estilizando cada postura, moviéndose alegremente al compás de la música... ¡Lo hicieron de 10! De ahí la ovación final a su propuesta.
Luego, entre bambalinas, Amalia nos reconoció que lo había pasado sencillamente genial. Y es que en eso, nuestros hijos me recuerdan mucho a mí: se apasionan con aquello que les gusta.

miércoles, 29 de junio de 2022

Evaluando "Exponer o exponerse en tiempos de pandemia"

En Salud Pública existe una máxima que reza: aquello que no se evalúa, a efectos prácticos nunca se ha hecho. Por ello me preocupa que demasiadas actividades financiadas con dinero público no sean debidamente auditadas, siguiendo un proceso riguroso, ajustado en tiempo y espacio, atendiendo a la consecución de los objetivos fijados y -sobre todo- de manera independiente a quien la realiza. 
Durante estos meses de mayo y junio, en la antesala del salón de actos del Complejo Asistencial Universitario de León -CAULE- se ha mostrado la exposición Exponer o exponerse en tiempos de pandemia, avalada por el Departamento de Educación y Acción Cultural del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León -MUSAC-, con la participación del profesorado y alumnado de tres centros de Educación Secundaria de la provincia -IES Legio VII, CEO Camino de Santiago e IES Antonio García Bellido-.
Cual si fuera otro evaluador improvisado -a fin de cuentas, me toca serlo ante muchas actividades- indicaré que en mi opinión ha sido una exposición muy concurrida, tanto por pacientes y familiares como por personal sanitario y no sanitario del Hospital... que en esas carreras hacia el servicio de Rehabilitación que está justo al lado, siempre veía algún visitante disfrutando de cada obra... que desde mi rol de médico, ha cumplido sobradamente sus objetivos al mostrar cómo esos alumnos han vivido esta pandemia, humanizando de paso un espacio tan necesitado de sensibilidad.
Por ello, en este día que se clausura, quisiera felicitar a todos cuantos hicieron posible tal proyecto, desde la convicción de que el Arte -en cualquiera de sus formas- también cura. 

martes, 28 de junio de 2022

Luis Gutiérrez, profesor

Ciertamente, todo maestro es un referente indiscutible para sus alumnos. De ahí la importancia de sus actitudes, dado que al ser tal ejemplo para ellos les transmite mucho y en distintos sentidos.
En mi caso, puedo presumir de haber tenido magníficos profesores, a los que recuerdo con nombre y apellido: Mª Rosario Bellote, en aquella EGB del Colegio Nacional Jerónimo Zurita... Alberto Atarés, en el BUP de ese Instituto Nacional de Bachillerato Luis Buñuel... Rafael Gómez-Lus en mis tiempos de la Facultad... D. Felícito García-Álvarez durante la realización de esa tesis doctoral... Educadores a quienes aún siento con una sonrisa de agradecimiento por todo cuanto nos enseñaron -más incluso en lo humano que en contenidos didácticos- y porque de una u otra forma conformaron mi personalidad. Sin su impronta, quizá no sería como soy. Además, quien honra a sus maestros se honra a sí mismo.
Lo que nunca imaginé es que, atendiendo a cuanto ha hecho por mi hijo, a partir de este curso recordaré también el nombre y apellidos de otro docente en toda la extensión de la palabra: Luis Gutiérrez Martín, del Colegio Marista San José (León). Y no tanto por sus clases magistrales de Lengua o Matemáticas, como porque siempre ha estado ahí: ofreciendo a sus alumnos herramientas para gestionar cada dificultad, sembrando espíritu de equipo, preocupándose ante las adversidades, estimulando su solidaridad, dando lo mejor de sí para tratar de obtener lo mejor de cada uno... 
Sin pretender desmerecer a ningún otro y una vez que las notas ya se han dado, proclamo que realmente estamos muy contentos con el tutor de Manuel en esta recta final de su Primaria. Durante estos dos últimos años, aderezados por una pandemia, Luis ha sido un profe de 10... ¡O de 11, que diría nuestro hijo! Es justo reconocerlo. Por eso, con todo afecto y merecimiento, sea también para él aquella sonrisa enorme con la que en casa solemos decirnos ¡Gracias!

lunes, 27 de junio de 2022

Mi yo jotero

No es la primera vez que me sucede. Estar en cualquier celebración y que por el mero hecho de ser maño alguien te insista en que cantes una jota. La verdad es que lo siento en el alma pero, por mucho que perseveren en su petición, no sé cantarla... O mejor dicho: le tengo tanto respeto a este género tan nuestro que prefiero no hacerlo. Eso sí, esté donde esté, me emociono como nadie cuando escucho alguna de ellas. 
Admito que siendo niño, nuestro abuelo entonaba ante mi cuna sus estrofas propias a modo de nana para dormirme:
Zaragoza, Zaragoza,//flor de la jota bravía,// viste nacer a una moza// que bella cara tenía...
Reconozco que en tiempos del instituto formé parte a la guitarra de una rondalla aragonesa, llegando a actuar en algún festival... Mas sabedor de que no era suficientemente hábil con las seis cuerdas, abandoné.
El Ebro guarda silencio//al pasar por el Pilar,//la Virgen está dormida,//no la quiere despertar...
Y confieso también uno de mis secretos mejor guardados: allá a mediados de los noventa participé con una versión mía de la conocida jota de La Dolores en aquel programa de Antena3-Televisión llamado La Parodia Nacional. Si bien al inolvidable Constantino Romero le pareció de lo más simpática, al final no superamos el corte.
Que la tengo que casar//con el Príncipe de España,//que no hay como buena maña// pa' llevarlo hasta el altar...
En cualquiera de los casos, llevo esa jota impresa en mi código genético. Por eso, el día que me ausente, estaría genial que sonase una de fondo. Pero, por favor: ¡que no me la hagan cantar! 

domingo, 26 de junio de 2022

Por las tiendas de mi barrio

Al margen de donde haya vivido, he tomado más como referencias válidas de su nivel de vida los datos micro que los macroeconómicos... los que percibo personalmente en mi entorno, que los que publican a distancia organismos oficiales... los que veo cada día en asociaciones solidarias, que los que presentan los gobernantes de turno, sean del color que sea... Y en los últimos tiempos, muchos de los primeros resultan cuando menos preocupantes.
Además, como epidemiólogo conozco los entresijos de las estadísticas y sé de sobras que si aprietas sus datos suficientemente acabarán cantando cuanto les pidas. 
En apenas lo que va de año, solo en los alrededores de nuestra casa, han echado para siempre su persiana decenas de negocios; alguno tan sencillo como el penúltimo kiosco que quedaba en la ciudad... otros de marcas consolidadas, como la mismísima Dolores Promesas.
Comprar en establecimientos pequeños de mi barrio y compartir en ellos algo más que una simple venta, me permite saber que este tendero sigue abierto porque se sustentan en el salario de su mujer funcionaria... que cada vez que ese otro se retrasa en el pago de sus seguros sociales, le viene el recibo de vuelta con una sobrecarga del 20%, como si con ello le resultara más fácil saldarlo... que la dueña de aquel negocio destina sus ingresos mensuales a cubrir gastos en este orden: seguridad social, impuestos varios de varias administraciones, costes del propio negocio -incluyendo alquileres, en muchos casos abusivos-, nómina de su empleada y, por último, lo que pueda corresponder para su sueldo. Me ocupa que ese taxista de mi familia me haga una relación de gastos fijos para el próximo mes -desde la tasa de su cooperativa a su impuesto especial por ITV- que le hipotecará directamente sus doscientas primeras carreras... Y nos preocupa que en ese otro centro comercial pasen horas y horas sin que nadie entre a por nada, atrapados en una inversión que hicieron ilusionados y que ahora no hay forma de amortizar. 
Clientes, ingresos y -por tanto- beneficios han caído significativamente, a diferencia de su presión fiscal. Lo de menos es que culpen de ello a un virus chino o otra guerra en el corazón de Europa. Lo de más es ese lamento de que ¡Viviríamos mejor de las ayudas! cuando, tristemente, muchos ni siquiera la podrían solicitar.  
Ayer el Gobierno aprobó un paquete de medidas para tratar de combatir los efectos negativos de la inflación. En verdad que parecen urgentes y cruzo los dedos para que surtan un efecto positivo. No obstante, yo les recomendaría tanto a sus miembros como al resto de nuestros dirigentes, que antes de firmar cualquier decreto se dieran alguna vuelta por las tiendas de su barrio.  

viernes, 24 de junio de 2022

Mi moneda en tu pozo

Mañana al mediodía realizaré un cuentacuentos en la explanada del santuario de La Virgen del Camino (León) en el que no faltará este cuento titulado Mi moneda en tu pozo, incluido en mi obra Catorce lunas llenas (XXXVIII Premio Carta Puebla, en su modalidad de libro de cuentos).
Tampoco fallará nuestra hija Amalia, quien se estrenará en el papel de mi ayudante, demostrando que somos un verdadero equipo.
Así que, también en familia, nos seguiremos contando.

"Cuentan que me contaron que en cierta aldea lejana vivía un hacendado muy tacaño que se pasaba la vida obsesionado por el dinero. Corría el rumor de que, ya anciano, no se casó nunca para no tener que pagar la boda; e incluso había quien apuntaba que jamás desperdició mendrugo alguno por muy duro que estuviese. Y es que nadie es más flaco de espíritu que quien se alimenta solo de sí mismo.
Cada noche, después de recorrer sus tierras de sol a sol, contaba minucioso las monedas que guardaba en aquel cofre debajo de su colchón.
- ¡Una, dos… veintinueve, treinta…Y con este, cincuenta doblones de oro!
Así una noche, y otra, y otra.
En alguna parcela próxima a su casa residía un joven aguador, que dedicaba su tiempo a sacar agua del pozo para venderla por cuartas a la gente del lugar. Desde la humildad de su trabajo, procuraba ingeniárselas para salir adelante declarando las propiedades curativas de líquido tan singular.
- Agua preventiva contra el dolor de cabeza, indigestiones, apatías, dolencias articulares, piedras en el riñón, mal de amores… –voceaba por las calles, resumiendo cualquier compendio de Medicina.
En cierta ocasión trató de ofrecerle una muestra a su vecino, pero este le echó de malas maneras alegando que su agua no tenía valor alguno más allá de que sirviese para fregar.
- Y lárgate pronto, limosnero, ¡que no llevo suelto!
A veces el dinero llega antes a los sitios que la buena educación.
Aun cuando no era persona especialmente rencorosa, aquel aguador decidió vengar tal desaire para dar a ese vecino un escarmiento. De manera que, sabiendo de su carácter huraño y aprovechando que era noche de Luna llena, le hizo creer que en el fondo de su pozo había una moneda de enormes dimensiones.
- ¡Así de grande! –le explicaba entusiasmado mientras abría sus brazos-. Un doblón del mejor platino, que no vendería por nada del mundo.
Tentado por esa información, el avaro señor pidió al muchacho poder verla, para comprobar por sí mismo semejante maravilla. ¡Y que fuera cuanto antes, que si el tiempo es oro, perderlo puede ser ruinoso!
- De acuerdo –le respondió-. Iremos juntos esta misma noche, si bien no podrás tocarla ni acercarte más allá de donde te diga.
Una hora después de atardecer, conforme a lo que habían dispuesto, ambos vecinos se reunieron a medio camino de sus fincas. Desde allí, aprovechando la luminosidad reinante, acudieron hasta el pozo. Y estando a dos pasos de él, sin que ninguno se aproximara ni un centímetro más de lo acordado, comprobaron cómo –efectivamente- relucía en su superficie una moneda gigante.
- La quiero para mí –murmuró el hacendado-. Le ofreceré a cambio un solo doblón por ella y de seguro que, estando tan necesitado, el muchacho aceptará  –pensó para sí mismo, convencido de que quien pone el dinero debería poner las normas.
Mas cuando le hizo su oferta, el aguador respondió contundente:
- Solo la cambiaría por cincuenta.
- ¡Cincuenta! –exclamó con una mezcla de ira e incredulidad.
El anciano hizo cuentas de memoria sobre el valor de aquella pieza que flotaba en el agua. Medio centenar de doblones parecían demasiado, los ahorros de toda su vida, el motivo último para seguir viviendo. No obstante, el valor de esa otra que relucía en el pozo parecía con mucho superior. Aun cuando trató de rebajar ese precio con argumentos de pobre, el joven se mantuvo en su exigencia. Así que no tuvo más remedio que aceptar:
- ¡Una, dos… veintinueve, treinta…Y con este, cincuenta doblones de oro!
La avaricia suele ser muy convincente.
De manera que el hacendado contaba aquella noche su tesoro por última vez, mientras se lo daba al aguador a cambio de la moneda más enorme que jamás hubiera imaginado.
Pero al correr para tomarla descubrió que la misma no existía, que era simplemente el reflejo de la Luna llena sobre el agua, y que le habían engañado como a un niño para quedarse con sus caudales. Tanta usura, sin duda, le había jugado una mala pasada.
Roído por los nervios, mientras maldecía entre gritos su ventura e insultaba a su vecino, este apareció de nuevo.
- No quiero tu dinero, sino tu respeto –dijo con talante serio, mientras se lo devolvía-. Aquí lo dejo, es tuyo. Tan solo pretendo demostrarte que hay cosas más importantes que lo que puedas guardar en un cofre… Que la codicia nos ciega con frecuencia, haciéndonos ver tesoros donde apenas hay reflejos… Que no puedes considerar a nadie menos que tú porque en apariencia posea menos que tú… Y que jamás debes burlarte de ninguno cuando se gana la vida honradamente.
El anciano, conmovido por esas palabras, rompió a llorar. En principio se apresuró a retirar los doblones para guardarlos en su caja. No obstante, antes de acabar la cuenta, decidió entregarle un puñado a aquel muchacho que le había dado semejante lección.
Durante unos días, ya sin retos ni rencores, ambos compartieron charlas, bromas, pan con queso, algún paseo hasta el pozo… Y tan buena relación hicieron que, a la Luna siguiente, aquel anciano acudió a la notaría de la aldea para nombrar como heredero a su vecino. Tanta generosidad, sin duda, le había jugado una buena pasada.
Así acaba esta historia que yo guardo en mi memoria… Y comieran o no perdices, sé de buena tinta que todos fueron felices".