miércoles, 1 de abril de 2020

Esperando al Ratoncito Pérez

En estos tiempos del Coronavirus me paso los días atendiendo preguntas. Igual me llama el alcalde de ese municipio para saber cómo desinfectar sus calles, que el personal de aquella funeraria para aclarar cualquier duda sobre el último momento. Cada respuesta que ofrezco queda avalada por dos pilares: los protocolos establecidos y mi hemisferio derecho. Y es que a menudo, las cuestiones que se plantean son demasiado complejas por su trascendencia o su premura, habiendo recurrido a mi sentido común más emocional para poder resolverlas. A veces pienso incluso que soluciono más por lo que transmito que por lo que realmente sé. 
Sin embargo, las cuestiones más difíciles nos las siguen haciendo mis hijos. La última de ellas, la que me plantea nuestra Sirenita: Papá, ¿el Ratoncito Pérez tampoco puede salir de casa? Y es que su diente canino lleva en danza varios días, aguardando su preciada recompensa en el caso de que se le caiga.
Entonces, allá donde no llega ningún protocolo y el cerebro se bloquea, surge el Principito para sacarnos de dudas: Él sí que puede, como los sanitarios. Sale porque su trabajo es importante. Y si le para la policía, enseña un salvaconducto y le permiten pasar.
De manera que así estamos... Dispuesto a resolver las dudas que surjan y esperando a otro invitado indispensable para todos aquellos entre cero y más de cien años que seguimos teniendo alma de niño: el Ratoncito Pérez.

martes, 31 de marzo de 2020

Edadismo en tiempos del Coronavirus

De entre todos los verbos que como sanitario he conjugado a lo largo de mi vida, sin duda el más complejo ha sido el de hacer triaje: ese término francés que se emplea en el ámbito de la Medicina para clasificar a los pacientes de acuerdo a la urgencia de su atención. En alguna ocasión tuve que realizarlo en circunstancias extremas, resultando tremendamente duro. Podía ocurrir que a quien atendieras primero se salvase, pero el siguiente no.
Uno de los objetivos del Proyecto Solidario Los Argonautas, que dirije mi amigo Fernando Fernández Gil y del que soy médico asesor, es la lucha contra el edadismo: cualquier comportamiento inadecuado y prejuicioso vinculado a la edad de una persona. Sus acciones se dirigen preferentemente a los mayores más desfavorecidos, luchando contra cualquier discriminación que pudieran sufrir por esa doble condición.
En este contexto, durante estos tiempos del Coronavirus, observo con preocupación actitudes como las del sistema sanitario holandés que opta abiertamente por no hospitalizar ni a débiles ni a ancianos para que no se sature... La del vicegobernador de Texas, abogando por priorizar la economía frente a la supervivencia de los mayores, pidiéndoles a estos que no acudan a los centros sanitarios y se sacrifiquen por el sueño americano... O algunas manifestaciones habidas en España -de políticos y no políticos, con adjetivos de por medio o sin ellos- que en esta misma línea demandan que los recursos en salud se reserven para los jóvenes.
Esta vez me permito a mí mismo no rebatirles con mi opinión. De hecho partiría con ventaja pues ellos, probablemente, jamás hicieron labores de triaje. Prefiero ser fiel a mis principios en esa primera línea llamada residencias para mayores, combatiendo contra esta pandemia... Y mientras tanto, seguiré observando, velando por ellos sin restarles un ápice de mi atención. A fin de cuentas, quizá todo sea porque -como dijera la escritora Simone de Beauvoir- la vejez simboliza el espejo de un futuro en el que nadie quiere verse reflejado.

lunes, 30 de marzo de 2020

Cambio climático en tiempos del Coronavirus

Cierta tarde de febrero, al pasar junto a esa terraza, me encontré con mi amigo Jaime sentado en ella tomando una cerveza. Me llamó la atención que estando él solo hubiera encendidas cuatro estufas, arrojando al ambiente sus chorros de calor.
Durante la conversación que mantuvimos, le comenté tres detalles al respecto. El primero, que la Tierra lleva un tiempo enviándonos señales para que dejemos de maltratarla -basta recordar que cada segundo se vierten unos 200 kilos de plásticos al mar-, y que muchas de las catástrofes naturales que sufre el mundo son consecuencia directa de nuestra actividad. El segundo, que en esos días la Antártida estaba marcando temperaturas récord próximas a los 20º C -con su efecto negativo sobre el deshielo-, cuando lo habitual en esa época es que rondasen los 0º C. Y el tercero, que desde el 1 de enero la ciudad francesa de Rennes había prohibido dichos aparatos a sabiendas de que, como su alcalde asegurase ante la emergencia climática que vivimos, una terraza equipada con cuatro braseros que funcionan ocho horas al día emite tanto CO2 como un trayecto en coche de 350 kilómetros.
Jaime, siempre jocoso, me respondió: ¡A ver si ahora no voy a tener derecho a tomar esta caña en la calle!
En una charla posterior, con otra cerveza por testigo, comentamos que el cambio climático estaba disparando el número de vectores, lo que conllevaría un aumento en la incidencia de las enfermedades que ocasionan -como sería el caso de la Malaria, causante de más de un millón de muertos cada año-. También, que el incremento global de las temperaturas acabaría modificando la microbiología de nuestras infecciones. Por poner un solo ejemplo, algunos hongos -como la Candida Auris- han incrementado ya su resistencia a las altas temperaturas.
Ayer conversé con Jaime por teléfono. Siempre directo, me preguntó: ¿Y esto del Coronavirus tiene algo que ver con ese cambio climático con el que nos amenazas cada vez que pretendo tomar una cerveza? Dado que somos los humanos quienes lo transmiten -y aun cuando se sepa que la contaminación del aire aumenta la susceptibilidad a padecer procesos respiratorios-, parece que no. 
Sin embargo, a mi entender, la lectura nunca debería ser esa. Esta pandemia nos ha revelado que no somos inmunes ni todopoderosos; que un solo microorganismo puede parar nuestra rutina, nuestra economía, nuestras vidas... como podría pararlo cualquier desastre medioambiental.
Entre tanto, la Naturaleza seguirá su curso.
Quizá sea el momento para revisar nuestra relación con ella, tantos excesos o derechos supuestamente adquiridos, ese frágil equilibrio entre lo que podemos y debemos hacer. Porque en la Vida unas veces se gana, otras -las más- se aprende... Y sin pretender amargarle a nadie su cerveza -mucho menos a ti, querido Jaime-, ojalá que no dejemos escapar esta lección.

domingo, 29 de marzo de 2020

Cuando fuimos campeones

El listado de bajas por Coronavirus en el día de hoy parece un parte de guerra. Diría que terrible si no fuera porque nos estamos quedando sin adjetivos. Patrullas militares en algunas calles aportan veracidad a ese escenario.
Ante todo conflicto bélico ha de quedar muy claro quién es nuestro enemigo; en este caso el maldito Coronavirus, junto a ese cortejo suyo de mercenarios: los miedos, la irresponsabilidad... Y tener claro también quiénes son nuestros héroes. Para mí, cada profesional a los que aplaudimos, junto a esa retaguardia que -de manera consciente- sabe quedarse en casa.
Sin embargo, he descubierto que para mi hijo el auténtico héroe soy yo. Y no por ese trabajo en esta epidemia, sino por aquel día en el que fuimos campeones.
Y es que nuestro Principito no lleva bien su confinamiento. Está inquieto y a menudo manifiesta su deseo de salir. Entonces yo me siento a su lado, le abrazo -pocos gestos desactivan tanto nuestro estado de alerta corporal- y repetimos la misma historia:
- Falta apenas un minuto para acabar el partido. Es la final del campeonato escolar de balonmano, categoría infantil: Jerónimo Zurita contra Marianistas. Vamos empate, si bien atacan ellos y jugamos en inferioridad. Cinco contra seis. Yo estoy en el banquillo... ¡Menos de treinta segundos! Otra expulsión en defensa. Somos cuatro contra seis. Nuestro entrenador decide que salga... El equipo contrario mueve constantemente el balón para jugarse el encuentro -y la final- a un solo tiro... ¡Diez últimos segundos!... Y en ese preciso instante intercepto un pase al pivot, esquivo a dos atacantes, avanzo media cancha y en el momento que van a placarme, paso el balón a mi alero quien completamente solo marca el gol de la victoria... ¡El colegio Jerónimo Zurita se proclama campeón! Contra todo pronóstico, hemos ganado.
Diría que fue un día memorable si no fuese porque nos quedamos sin adjetivos.
Confieso que no recuerdo si exactamente sucedió así y que incluso en cada versión añado algún detalle. Pero lo importante es que Manuel pequeño me presta su atención, se relaja, sonríe, percibe los valores que quiero transmitirle -desde la fe en tus anhelos a la generosidad del juego en equipo con aquella última asistencia- y acaba prometiendo:
- Algún día, papá, yo también ganaré un partido así.
Aunque quizá no lo sepa, cada vez estamos más cerca de conseguirlo.

sábado, 28 de marzo de 2020

Adioses en tiempos del Coronavirus

Esa tarde de verano nuestro abuelo regresaba de un entierro. Con mis ocho años recién cumplidos, apenas entendía qué era eso... Mas él, con su paciencia infinita, nos lo explicó.
- Es el adiós que les damos a aquellos que queremos -musitaría adaptándose a mi infancia-. Aunque sabéis un secreto: permanecerán siempre en nuestro corazón.
Desde que empezó esta crisis por Coronavirus se están yendo demasiadas personas que de un modo u otro había conocido. Primero, aquel amigo librero... Luego, ese mago con el que coincidí en algún cuentacuentos solidario... En estos días, cierta colega de Atención Primaria... un compañero miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado... otra vecina del pueblo. Descansen todos en paz.
El problema es que ni ellos ni cuantos han fallecido en estos días pueden tener una despedida en condiciones. A consecuencia de esta pandemia estuvieron solos en el hospital, sufrieron solos, murieron solos. En su partida no se permiten los velatorios, la misa de difuntos, la asistencia al propio entierro. Sin flores ni besos. Tan solo un ataúd sellado y desinfectado, ante esos rezos del cura con algún familiar situado al menos a dos metros de distancia. Como asegurase aquel enterrador, corren malos tiempos para morirse.
En este contexto, es de valorar la profesionalidad de otro gremio que en este proceso constituye el último eslabón en la cadena de toda atención integral: el personal funerario. Un colectivo que también se expone al riesgo de contagio, que ha aumentado significativamente su carga de trabajo -debiéndose ajustar a una normativa estricta-, que ejerce de paño de lágrimas improvisado en este adiós tan forzado.
Por eso, vaya para ellos nuestro más sincero agradecimiento, junto al aplauso de cada día... Y para todos los que se fueron, aquel secreto que compartiera mi abuelo: a pesar de las circunstancias, permaneceréis siempre en nuestro corazón.

viernes, 27 de marzo de 2020

En el papel más importante de su vida (a Dani Rovira, a tantos)

Le conocí en mi consulta del viajero. Acudió junto a su pareja para asesorarse desde un punto de vista médico a propósito de aquel viaje con fines solidarios que iban a realizar. Sin embargo, resultó imposible que su presencia pasara desapercibida:
- ¿Sabéis quién está en el Centro de Vacunación Internacional? -se escuchaba gritar por la sección-... ¡Clara Lago y Dani Rovira!... Los de Ocho apellidos vascos.
A pesar del revuelo a la entrada de mi despacho, ambos se mostraron ante mí con absoluta naturalidad. Ni esos golpeteos a la puerta ni tantas miradas pegadas al ventanal impidieron que la consulta transcurriese por los cauces normales. No negaré que estuve tentado de compartir con ellos lo mucho que nos habíamos reído en sus películas, de pedirles alguna foto o incluso de regalarles dedicado cualquiera de mis libros... Pero sencillamente no tocaba.
Un minuto antes de salir, él me dedicó una broma.
- En el próximo viaje que haga, quiero que me asesore otro médico como tú.
Todos reímos.
Al acceder al pasillo se desató la locura. Ante la veintena de personas apelotonadas, todo fueron piropos, selfies desenfocados, algún que otro empujón... Y Clara y Dani allí, manteniendo el tipo, devolviendo sonrisas sin perder ni un solo instante la compostura.
Dani Rovira anunció ayer que padece cáncer y que inicia sin demora sus sesiones de quimioterapia. Desde este sencillo blog, de todo corazón, le deseo lo mejor. A él y a cuantos como él están pasando por un proceso así, con el agravante de que sea en estos tiempos del Coronavirus.
Vaya nuestro ánimo inmenso para ellos, mientras representan el papel más importante de sus vidas... Y en concreto para Dani, renovar mi ofrecimiento de que en el próximo viaje que haga quisiera asesorarle yo.

jueves, 26 de marzo de 2020

Papá, ¿cuándo podremos salir?

Como si hubiera pasado el flautista de Hamelín, la ciudad se ha quedado sin niños. Al menos eso parece. Confinados en sus hogares, están viviendo una situación que jamás habíamos imaginado, que jamás vivimos nosotros. Quizá en algún momento precisen por ello de una atención especial.
De hecho, al regresar a casa tras mi trabajo justificado -voy a todas partes con un salvoconducto oficial-, el saludo de Manuel pequeño se acompaña cada día de la misma pregunta: Papá, ¿cuándo podremos salir?
A pesar de mis respuestas evasivas, admito que no lo sé, si bien intuyo que aún queda más tiempo de lo que nos gustaría. Porque esa curva epidémica sigue sin querer ser curva, aun a sabiendas de que la única manera de invertirla es hacer precisamente lo que estamos haciendo: quedarnos en casa.
Pese a nuestro esfuerzo por amenizar su nueva rutina, no siempre lo logramos. Al principio ideamos los días monográficos, dedicando cada jornada a una actividad... Luego propusimos disfrutar en familia con alguno de esos espectáculos infantiles que pueden verse a través de las redes... Ahora hallamos cierta distracción en sus entrenamientos de balonmano.
En cualquiera de los casos, se le va a hacer muy largo este tiempo de espera pues él anhela salir.
Por eso, si a estas alturas del año ya empezaba a pedir a San Jorge que el próximo 23 de abril tuviéramos sol para disfrutar de un feliz Día del Libro, desde ya comienzo a rogarle con más ahínco si cabe que nos traiga calor pronto para ayudarnos a combatir el Coronavirus. Un calor que -como anticipan distintos estudios- se alíe con nosotros destruyendo sus paredes, reduciendo su supervivencia sobre superficies, limitando su cadena de transmisión.
Y es que de lo único de lo que estoy seguro es de que volveremos a juntarnos. Porque como siempre le digo a Manuel pequeño, este partido -sin duda el más difícil de su corta vida- lo vamos a ganar.