
Cada tres de noviembre lo celebrábamos en casa de una manera especial. Nuestros postres de ese día sabían a chocolate.
Sigo lamentando que se marcharan así, tan pronto y por esa imprudencia de un tercero; aunque eso sí, juntos, como siempre vivieron desde aquella tarde.
Confieso que les sigo sintiendo cerca y, sinceramente, creo que acostumbran a ir conmigo: allanando mis montañas, susurrándome algún cuento, jugando al lado mismo de Manuel pequeño o Amalia... Y cómo no, pintándome las mil sonrisas que desde aquel domingo lejano se deseaban cada mañana.
El chocolate se está calentando. ¡Feliz aniversario, papás!
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