
Sin embargo lejos de cualquier licencia romántica y de las conciencias que todo lo banalizan, la tuberculosis ofrece por sí sola en este siglo XXI unos datos escalofriantes: 2.300 millones de personas (¡un tercio de la población mundial!) infectadas por su bacilo, hasta un 10% de las mismas acabará desarrollando la enfermedad, casi dos millones de fallecimientos anuales, un lastre considerable para esos países de menor renta con los que suele cebarse...
La casualidad que a veces reina en el calendario ha querido que en esta misma semana celebremos el Día Mundial de la Poesía, que impulsada por la UNESCO se conmemora cada 21 de marzo. Ese arte que según el genial Antonio Gamoneda “no está capacitado para originar cambios sociales ni históricos. No es un instrumento. Ahora bien, lo que sí hace es afinar e intensificar las conciencias. Crea una calidad de pensamiento que tiene que ver con la observación y con la crítica de los hechos, y tiene que ver también con el deseo de que estos sean simultáneamente hermosos y justos”.
Haciendo mías tan bellas palabras, quisiera en nombre de esa justicia sumarme a las voces que reivindican una mayor y más activa implicación de nuestras instituciones en la lucha contra la tuberculosis. Es un objetivo justo, preciso, necesario. Aunque para ello debamos quitarle la hermosura que en su día le otorgase esa misma Poesía.
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