miércoles, 20 de noviembre de 2019

Lisboa puede esperar

Como médico y psicólogo, siempre he creído en el valor terapéutico del cuento. De hecho, así lo he trabajado en estudiantes de Enseñanzas Medias y en algunas personas con determinados problemas a quienes ese género literario le pudiera ayudar.
Recientemente he dirigido ante un grupo de ellas cierto taller de microrrelatos, construyendo historias breves difíciles de crear, pero que ofrecen al mismo tiempo cientos de posibilidades: la concreción en su desarrollo, el entusiasmo por escribir, el atrevimiento de compartirlo...
Tal vez llevados por la euforia creativa, alguien propuso presentar algún texto a algún concurso. Después de advertirles de que yo mismo no he ganado nada en muchos más certámenes que en los que sí, y sin más pretensión que la de sumar otra ilusión a nuestro casillero, decidimos hacerlo al estilo mosquetero: "Todos para uno y uno para todos... Y si ganamos, nos vamos a Lisboa". De manera que elegimos un certamen literario en el que cumplíamos sus requisitos y que de paso conllevaba cierta dotación económica.
Realmente pasamos página durante un tiempo y apenas volvimos a hablar del tema.
Poco después, la organización del concurso anunció los treinta microrrelatos seleccionados que saldrían publicados en una antología, entre los que no aparecía ninguno de los nuestros. Algo previsible, máxime cuando fueron miles los textos presentados... Pero tampoco nos preocupó, pues los objetivos de esa participación estaban más que alcanzados. Además, Lisboa puede esperar.
Sin embargo en estos días, al leer unas declaraciones del escritor que lo ha ganado -no dudo de que con todo merecimiento-, me sorprende que sin saber las motivaciones de quien pudiera crearlos asegure que "hay tanta gente mala escribiendo microrrelato que le hace un flaco favor al género. Cualquier persona cree que puede escribir cinco líneas y encima ganar tres mil euros... No das tres mil euros a cualquier payaso que venga con cuatro líneas". Me he quedado sin palabras, pues en mi opinión todos tenemos cabida en ese universo llamado Literatura. En tal caso, jamás se me ocurriría ni juzgar ni excluir a nadie.
Quizá por eso, no comentaré nada con mis alumnos. Tan solo que, coincidencias de la vida, seguiremos adelante con ese proyecto pactado previamente de vestirnos de payaso -dicho en toda la extensión positiva de la palabra- durante estas Navidades visitando algún hospital o residencia de mayores, a quienes llevar con nuestros relatos un trocito de alegría.

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