viernes, 23 de noviembre de 2018

Ese invitado llamado Mar


Cuenta una leyenda aquí, allá y aún más allá, que hace mucho tiempo –tanto que ya casi ni me acuerdo-, el Sol y la Luna se casaron, yéndose a vivir juntos a una preciosa casa ubicada en la Tierra. Ambos fueron siempre muy hospitalarios, de modo que por aquel salón pasaron la mayoría de sus amigos: el Desierto, las Estrellas, alguna Nube perdida…
Cierto día, decidieron invitar al señor Mar a tomar en ella una taza de café. Este agradeció sinceramente el ofrecimiento, si bien se excusó para no ir. Ante la insistencia de la pareja, no tuvo más remedio que decirles:
- Ustedes son muy amables abriéndome las puertas de su casa, pero me temo que siendo yo tan inmenso nunca podré entrar.
- ¿Acaso cree que vivimos en un edificio diminuto? –preguntó algo molesta la Luna.
- ¿Acaso nuestro hogar no resulta lo suficientemente grande para usted? –le siguió el Sol, frunciendo el ceño.
El Mar se excusó mil veces, agradeciendo el detalle pero reafirmando que entre aquellas paredes él no cabría. No obstante, tanto y tanto le insistieron argumentando que habría espacio más que suficiente, que finalmente decidió entrar.
En verdad que aquella morada era enorme, extendiéndose más allá del horizonte. Despacio y en silencio, el Mar fue pasando por tantas habitaciones, ante la mirada complacida de sus anfitriones:
- ¡Ve como el inmueble era realmente amplio! –exclamó orgullosa la Luna-. Con tanto espacio, no hay nada de qué preocuparse.
- ¡Apenas he accedido! –respondió su invitado.
Y ocurrió que, poco a poco, el agua empezó a cubrirlo todo: el sótano, el entresuelo, los cuartos de la primera planta, los dormitorios de la segunda… Cien olas se escaparon por las ventanas, mil peces hacían ronda desde el salón. Mientras, ambos astros buscaban refugio en los pisos superiores. Tanto y tanto ascendió el nivel de las aguas, que los dos acabaron subidos en el tejado.
Cuando estaba todo inundado, el Mar reconoció que aún faltaba por entrar más de la mitad de su caudal. Sin pretender ser descortés, el Sol le permitió seguir pasando, mientras ellos se iban elevando más y más. A pesar de todo, se mostraban tranquilos; ¡si agobiarse sirviera al menos para ganar tiempo al tiempo!
- No se preocupe, que seguro que cabemos todos –advirtió temeroso el Sol.
- ¡Cada vez falta menos! Son ustedes muy amables –repetiría el Mar.
Y tanto tantísimo subió el nivel de aquellas aguas, que ambas luminarias no tuvieron más remedio que ascender hasta el cielo.
Desde entonces viven allí, como colgadas por una chincheta, pero sin perder de vista a esa Tierra que tanto quieren y en la que un día formaron su hogar. Siguen siendo tan gentiles como entonces, brindando su luz a quien más la necesita. Y a pesar de lo ocurrido, guardan una relación cordial con el Mar quien, agradecido como el que más, les saluda cada día a través de las mareas.
Hay cuentos que empiezan bien, algunos que acaban mal, unos que se pintan de arcoíris… ¡y otros que llegan al fondo del mar!

Nota: Cuento titulado Ese invitado llamado Mar, basado en una leyenda nigeriana e incluido en mi libro Catorce lunas llenas.

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